Es en medio de la tormenta, cuando el barco es bamboleado en todas direcciones, cuando las olas parece que van a romper el casco en mil pedazos y el viento está a punto de reventar las velas, cuando la desesperación y la angustia están a punto de ganar la batalla, es cuando miramos al cielo pidiendo ayuda (por algo el dicho popular de "sólo nos acordamos de santa Bárbara cuando truena").

Miramos al cielo con el corazón encogido y lágrimas en los ojos pidiendo que alguien, o algo nos eche una mano. Buscamos a la desesperada el milagro. Y ofrecemos a cambio lo poco o mucho que tengamos, a veces, lo único que tenemos: nuestro corazón y nuestra alma.
Yo ofrecí mi renuncia. Renuncia para que el barco siguiera a flote y no se hundiera. Renuncia para que volviera a salir el sol entre las nubes y la lluvia, y apareciera el arco iris de la esperanza. Renuncia a lo que más he querido. Renuncia porque el resultado era lo único que importaba.
Y el destino está a punto de cumplir el trato de esa noche de tormenta. Y pronto pasará a cobrarse su deuda. Y le espero aquí, sentada ya en el puerto, con una sonrisa triste, mirando como el arco iris se forma en el horizonte, miles de gotitas de agua descomponiendo en brillantes colores los rayos de luz que se filtran entre las nubes. Sabiendo que lo prometido es deuda y que la recompensa obtenida superará con creces lo pedido.
Le ofrecí lo poco que tengo. Aunque no esté completo, porque parte lo perdí entre unas sábanas, en la noche en la que el miedo ganó la batalla y la guerra. Y aún así no me arrepiento, todo, absolutamente todo, ha valido la pena.